CELEBRAR LA INFANCIA, MÁS ALLÁ DE LOS DISFRACES
- Equipo Maria Irma

- 27 ene
- 2 Min. de lectura

Por: María Irma
El Día de las Brujas llegó a Colombia en la década de los noventa, traído por la influencia del cine y la televisión estadounidense. En un comienzo, la celebración era sencilla y protagonizada por los niños: disfraces hechos en casa, dulces compartidos y calles llenas de fantasía. Con el paso del tiempo, esta tradición se fue transformando y arraigando en nuestra cultura, integrando la alegría y la creatividad propias del pueblo colombiano. Hoy, más que una costumbre extranjera, es una oportunidad para encontrarnos, reír y compartir en comunidad.
Sin embargo, esta fecha va mucho más allá de los disfraces. Nos recuerda la importancia de acompañar a la niñez, de estar presentes en sus momentos de juego, de escucha y de aprendizaje. Cada actividad, cada gesto de ternura, cada conversación que sostenemos con un niño contribuye a fortalecer su desarrollo emocional y social.
Celebrar también es cuidar, orientar y estar disponibles con amor.
En Colombia contamos con una política de Estado que reafirma ese compromiso: la Ley 1804 de 2016, que dio vida a la Política Nacional para el Desarrollo Integral de la Primera Infancia “De Cero a Siempre”. Esta ley reconoce a los niños y niñas como sujetos de derechos y plantea un enfoque integral que abarca salud, nutrición, educación inicial, cuidado, recreación y protección. Pero también resalta algo esencial: cada infancia es única y debe ser respetada en su contexto, su cultura y su territorio.
No es igual la celebración de un niño embera en las montañas de Risaralda que la de un pequeño en Pueblo Rico, en Roldanillo o en Malambo. Cada uno de ellos crece rodeado de tradiciones, lenguajes y símbolos distintos, y en esa diversidad radica la riqueza de nuestro país. Acompañar la infancia implica también valorar esa pluralidad cultural, comprender que hay muchas formas de aprender, de jugar y de celebrar.
Por eso, el Día de las Brujas no debería reducirse a un evento comercial. Es, en realidad, una oportunidad pedagógica y afectiva, un espacio para enseñar empatía, creatividad y respeto. Cuando los adultos acompañamos con conciencia, convertimos la celebración en un acto de amor y reconocimiento.
Celebremos, sí. Pero celebremos desde el corazón, entendiendo que la verdadera magia no está en las máscaras ni en los dulces, sino en el brillo de los ojos de los niños cuando se sienten amados, protegidos y libres para ser quienes son.
Porque cuando una sociedad cuida su primera infancia con ternura y respeto, siembra esperanza en el presente y construye un mejor futuro para todos.





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