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COLOMBIA DEBE CUIDAR DE LAS MUJERES QUE EMPRENDEN

  • Foto del escritor: Equipo Maria Irma
    Equipo Maria Irma
  • 27 ene
  • 2 Min. de lectura

Por: María Irma

 

En Colombia, miles de mujeres viven a diario el mismo desafío: emprender sin dejar de ser madres, hijas, amigas o esposas. Son mujeres que multiplican el tiempo, que sostienen la economía del hogar y que, aun con recursos limitados, logran construir oportunidades donde antes solo había obstáculos.

 

Esa realidad la conozco de cerca, porque vengo de una familia en la que las mujeres siempre han sido el motor. Y estoy convencida de algo: cuando una mujer sale adelante, sale adelante toda su familia. Cuando ella emprende, estudia o lidera, su bienestar se refleja en sus hijos, en su pareja, en su comunidad.

 

No lo digo desde la emoción, sino desde la evidencia. De acuerdo con ONU Mujeres, cerca del 47 % de los emprendimientos individuales del país son liderados por mujeres. Sin embargo, solo el 13 % de las empresas formales tiene propiedad femenina. Detrás de esa brecha hay miles de historias de talento sin capital, de esfuerzo sin acompañamiento, de sueños que necesitan respaldo.

 

Por eso, Colombia necesita una gran política nacional de fortalecimiento del emprendimiento femenino, que no sea solo un programa más, sino un ecosistema de apoyo integral: con formación, financiamiento, acompañamiento técnico y visibilidad comercial. Una política que conecte a las mujeres de las ciudades con las del campo, a las empresarias consolidadas con las que apenas inician, y que les permita a todas crecer en igualdad de condiciones.

 

Hablar de mujeres emprendedoras no es hablar solo de género; es hablar de desarrollo, equidad y productividad nacional. Cada negocio liderado por una mujer genera empleo, dinamiza la economía local y fortalece el tejido familiar. Según cifras del Banco Mundial, las mujeres reinvierten hasta el 90 % de sus ingresos en la educación y bienestar de sus familias, frente a un 30 o 40 % en promedio de los hombres. Esa sola cifra explica por qué empoderarlas es una decisión estratégica para el país.

 

Necesitamos políticas públicas que no las obliguen a escoger entre sus sueños y sus afectos, entre ser madres o ser empresarias. Políticas que entiendan que el progreso no se mide solo en cifras económicas, sino en la capacidad de transformar vidas.

 

Las mujeres han demostrado que no necesitan concesiones, sino condiciones. Condiciones para crecer, competir y construir desde su talento. Y en esa tarea, el Estado tiene una deuda que debemos saldar con determinación y coherencia.

 

Fortalecer el emprendimiento femenino no es una causa romántica; es una política inteligente para el futuro de Colombia.

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